
Han transcurrido seis meses entre el estreno de la primera parte del «Che» de Steven Soderbergh y la segunda, por lo que serán vistas y juzgadas de forma aislada y diferenciada, aunque ambas integran una única obra que la distribución comercial no ha considerado oportuno exhibir de un tirón. Hollywood y los Óscar le han dado la espalda, mientras que los Goya premiaban a Benicio Del Toro como el Mejor Actor Principal por su enorme trabajo físico.
Es una pena que haya pasado tanto tiempo entre el visionado de «Che. El argentino» y el de esta segunda parte, porque se pierde la sensación de unidad que debería tener este proyecto de Steven Soderbergh. En el Festival de Cannes se proyectó de un tirón, con tan sólo un pequeño descanso en medio, y quienes disfrutaron de aquellas más de cuatro intensas horas de cine se mostraron más entusiasmados en sus crónicas, aunque sólo sea por el privilegio de asistir a una sesión única e irrepetible, que cuantos nos ha tocado conocerla en forma de díptico.
Para la mayoría de los cronistas resulta inevitable ahora tener que hablar de las diferencias apreciables entre las dos películas, como si fueran distintas. No en vano se refieren a periodos opuestos en la vida de Ernesto Guevara, porque si la primera parte ilustraba el triunfo de la revolución cubana, en «Che. Guerrilla» se afrontan los momentos más aciagos de su existencia, los que tuvieron que ver con la calamitosa campaña boliviana de la que no saldría vivo.
El hombre que mató a Ernesto Guevara

No hay comentarios:
Publicar un comentario