
El punto en cuestión a partir de este caso, es determinar quién se hace cargo de los niños, niñas y adolescentes que viven en Argentina en condición de marginalidad y que a veces son “rescatados” por falsos mesías que, como tales, juegan a ser héroes por un rato. Hasta que alguna de las víctimas se anima a denunciarlos o hasta que el trabajo periodístico, en su rol social más importante, se encarga de sacar de la oscuridad hechos de corrupción que involucra a poderosos y famosos.
¿Por qué Grassi no fue directamente a prisión y puede gozar de la libertad hasta que la sentencia quede firme? Por los caprichos legales que, afortunadamente, sirven para honrar los derechos y garantías constitucionales.
Definitivamente la Justicia no es ciega en este país. Tiene los ojos bien abiertos y estudia los nombres y apellidos, influencias, amistades y cuentas bancarias de quienes se sientan en el banquillo de los acusados. Un violador común y corriente, de la calle, no goza de tantas garantías, aunque debería.
¿Por qué no sale ningún personaje mediático a pedir cárcel común, inmediata y fusilamiento para el sacerdote abusador? Por los caprichos de las escalas sociales. Porque por alguna extraña razón, ese violador, común, corriente y de la calle, recibe la inmediata condena social. Pero el cura no; el cura es inocente hasta que le demuestren lo contrario. Si al final de cuentas, Grassi sólo abusó de unos chicos pobres que sacó de la calle.
El perdón le costó a la Iglesia católica de EEUU más de 300 millones de euros en 2008. Es la cuantía que tuvo que desembolsar para hacer frente a los juicios por casos de sacerdotes pederastas.








